Tener tantas opciones te inmoviliza

Desde hace tiempo he querido emprender. No sabía exactamente en qué, solo tenía claro que quería hacerlo. Siempre me ha gustado crear cosas. Soy ingeniero electrónico y me apasiona programar microcontroladores de bajo consumo. Muchas veces se me ocurría una idea, la desarrollaba, la perfeccionaba y llegaba al punto de pensar: «Mmm, esto lo puedo vender». Pero hasta ahí llegaba. La idea se quedaba flotando, sin aterrizar.

Después descubrí la impresión 3D. En ese momento no tenía dinero para comprar una impresora, así que trabajé y en mi segundo empleo logré juntar lo suficiente para adquirir una. Justo en ese trabajo me dieron la oportunidad de imprimir las carcasas de un dispositivo que estábamos desarrollando. Yo no sabía cuánto cobrar por cada pieza, así que investigué cuánto cobraban otros por algo similar y simplemente bajé un poco el precio porque no me sentía con la autoridad para cobrar más.

Ese proyecto creció mucho. Me dieron la oportunidad de imprimir en masa varios modelos y me fue bastante bien. Claro, también comencé a pagar impuestos como profesional independiente. Fue un gran paso, pero no dejaba de sentir que aún no era «mi» proyecto.

En paralelo, alguien me contactó por LinkedIn para hacerle un desarrollo electrónico con Arduino. Era un proyecto relativamente sencillo: leer sensores y activar algunos pines. Si todo funcionaba, lo siguiente era diseñar el circuito, mandarlo a fabricar y luego programar la PCB ya hecha. Acepté porque el proyecto me emocionó y sabía que iba a aprender mucho. Tampoco supe cuánto cobrar, así que calculé cuánto ganaba por hora en ese momento y estimé el tiempo que me iba a tomar todo el proceso. También me fue bien y, otra vez, tocó pagar impuestos, pero el proyecto como freelance había terminado.

Trabajaba como ingeniero de hardware, pero me mudé a otro estado para tomar un puesto como desarrollador de software embebido, esta vez enfocado únicamente en programación. Me gustaba el trabajo porque estuve involucrado en un prototipo bastante interesante. Fue ahí cuando sentí que tenía el potencial de hacer más proyectos por mi cuenta. Así que comencé a hacer cosas solo para mí: por ejemplo, programé una tira de LEDs para mi escritorio con un estilo gamer. Quedó muy bien, pero me faltaba algo importante: generar ingresos.

Entonces descubrí el dropshipping. Encontré varios videos en YouTube, compré cursos para entender bien el modelo y lo intenté por un tiempo. Pero no me terminó de convencer. Me pesaba la sensación de que solo estaba actuando como intermediario sin aportar valor real. Además, me costaba confiar en páginas que no tuvieran reseñas ni compras previas, y si yo mismo no confiaba en eso, ¿Cómo iba a esperar que otros lo hicieran? A eso se sumaba que los tiempos de entrega eran largos y yo ya me había acostumbrado a entregas más rápidas. Al final, lo abandoné con la sensación de que podía estar haciendo algo más estimulante.

Después me topé con la impresión bajo demanda. Básicamente, uno diseña ropa, tazas u otros artículos, los publica en una tienda en línea, y cuando alguien compra, un proveedor se encarga de imprimir, empaquetar y enviar el producto directamente al cliente. No necesitas inventario. Me parecía genial, pero no me sentía lo suficientemente confiado en mis diseños como para creer que se venderían. Y de nuevo, pensé que tal vez había opciones más interesantes para mí.

Más tarde investigué sobre Amazon FBA. El modelo me atraía: comprar productos a proveedores chinos, enviarlos a bodegas de Amazon, optimizar el listado con buenas imágenes y descripciones, y encargarse de la logística para no quedarse sin stock. Pero me detuvo el miedo a perder dinero si el producto no se vendía. Otra vez, me encontré diciéndome que quizás debía enfocarme en otro tipo de negocio.

Y así siguió la historia con al menos tres ideas más. Cada nueva opción me parecía viable: tenía acceso a internet, una computadora, algo de dinero, sabía inglés y podía perfeccionar habilidades como montar tiendas online o aprender sobre pasarelas de pago. Entonces, ¿por qué me siento estancado??

Cada vez que quiero arrancar un proyecto personal, me abruma la cantidad de caminos posibles. ¿Impresión 3D? ¿Productos electrónicos? ¿Servicios freelance? ¿Canal de YouTube mostrando el proceso? ¿Marca personal? ¿Productos para vender en línea? ¿Dropshipping? ¿Impresión bajo demanda? ¿Amazon FBA?

Tantas opciones me han inmovilizado. El exceso de posibilidades puede ser igual de paralizante que no tener ninguna. Me he pasado horas enteras imaginando qué podría hacer, sin mover un solo dedo para concretarlo.

¿QUE SIGNIFICA TODO ESTO?

Buscando en internet, descubrí que esto tiene un nombre: «parálisis por análisis». Es ese fenómeno en el que tienes tantas variables, opciones y escenarios posibles que terminas sin tomar ninguna decisión.

Hasta cierto punto me sentía confiado en que si pierdo mi empleo actual tengo otras opciones para salir adelante, pero el problema además era que me sentía cómodo, al final si no emprendo no pasa nada, todo todos los meses mu sueldo. 

Sin embargo, la vida da muchas vueltas. Hoy me encuentro con la oportunidad y el tiempo de emprender y es justo lo que estoy haciendo, pero de nuevo entre tantas opciones hace falta decidirte por cual. Algunas recomendaciones que encontré para superarlo fueron:

  1. Definir un objetivo claro: tener un rumbo concreto ayuda a descartar lo que no te acerca a esa meta.
  2. Elegir una sola cosa a la vez: empezar pequeño, con algo viable y manejable.
  3. Poner fechas límite realistas: para obligarte a actuar, aunque el proyecto no esté perfecto.
  4. Aceptar que no hay decisiones perfectas: siempre habrá incertidumbre, pero avanzar es mejor que quedarse esperando la claridad total.
  5. Iterar en lugar de perfeccionar: hacer, mostrar, corregir, avanzar. Repetir.

CONCLUSION

Creo que nunca había estado tan convencido del punto número 2. Tienes que elegir una sola cosa. Tener muchas habilidades es una bendición, pero también un reto. He entendido que, si no elijo una dirección y camino hacia ella, todas las demás rutas terminan siendo solo decorado. A partir de ahora, mi meta es dejar de imaginar tanto y empezar a construir algo concreto, aunque no sea perfecto, aunque después lo cambie. Porque incluso si me equivoco, el aprendizaje estará en el camino, no en la parálisis.

Si tú también te sientes inmovilizado por tantas opciones, te invito a que elijas una. Solo una. Y empieces hoy.


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